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Mentiras, Engaños y Daños

Murió la Verdad. - New York Public Library's Public Domain Image

Mentiras, engaños y daños son los tres conceptos que se definen en esta entrada. Puede verse una entrada de Ismael para ver el posible uso de la estadística para mentir aquí, pero mi enfoque será diferente. El siguiente vídeo utiliza juegos de señalización para ilustrar los conceptos e incluye un ejemplo al final:

Mentiras, Engaños y Daños – YouTube

Mentiras

¿Quién no ha mentido alguna vez? Algunos dirán que unos lo hacen más que otros, pero todos lo hacemos con distintas intenciones. Estas mentiras engañan a algunas personas y lo que es peor, pueden provocar daños de mayor o menor consideración. Pues bien, algunos economistas emplean la teoría de juegos para abordar estos temas. A diferencia de lo que muchos piensan, la utilidad del análisis económico transciende del estudio de temas mundanos relacionados con el dinero, los beneficios, los costes o la rentabilidad.

Para empezar, fijemos algunos conceptos. Cuando transmitimos un mensaje, hay dos tipos de agentes implicados: el emisor y el receptor. El primero suele conocer algo que el segundo desconoce. De hecho, el objetivo de muchos actos de comunicación es la transmisión de esa información del emisor al receptor. Antes de recibir el mensaje, el receptor ya tiene unas creencias previas sobre la información privada del emisor.

Interpretación compartida

La definición de lo que es verdad o mentira exige una interpretación compartida del significado de cada mensaje. Por ejemplo, supongamos que el emisor interpreta cada número como un múltiplo de mil, pero el receptor lo interpreta como múltiplo de 1. Entonces, si el número real de muertos por coronavirus en un país imaginario es igual a 100.000, nadie podrá decir que un emisor miente cuando dice que es 100, ni tampoco cuando dice que es 100.000, pues todo depende de la interpretación del mensaje que esté utilizando.

En lo que sigue, asumiremos que existe una interpretación del significado de cada mensaje compartida por emisor y receptor. Se dirá que el emisor miente cuando emite un mensaje, cuya interpretación compartida contradice su información privada. Si alguien ha llegado a leer hasta aquí, ya debería tener claro que no es tán fácil identificar a los mentirosos. Además, después de la definición anterior, parece obvio que sólo los mensajes con una interpretación compartida pueden catalogarse como verdades o mentiras.

Engaño

¿Por qué creemos que hay profesionales, como los políticos, los vendedores o los abogados, que son más propensos a mentir que otros? Posiblemente, las ganancias de esos profesionales dependan de las reacciones de sus receptores. Quizá, eso explique que creamos que quieren engañarnos sistemáticamente. En cualquier caso, cuando el receptor escucha el mensaje, hace una interpretación del mismo. La capacidad del emisor para engañar al receptor dependerá de dos cosas: el conjunto de mensajes que el emisor puede elegir y la interpretación de esos mensajes por parte del receptor.

Usemos algunos ejemplos. Si no sabes una palabra de chino, no podrás convencer a un ciudadano de China de que hablas su idioma. En este caso, no puedes elegir mensajes que den lugar a esa interpretación del receptor chino. Por otra parte, si hablas con alguien que no te hace caso, jamás podrás engañarlo. Ahora, tus palabras no dan lugar a ninguna interpretación del receptor.

Llegados a este punto, necesitamos otra definición. Como sabemos, el emisor tiene una información privada sobre la realidad y puede elegir distintos mensajes para transmitirla. El receptor recibe el mensaje, que afectará a sus creencias sobre la información privada. Si el mensaje elegido por el emisor da lugar a unas creencias del receptor más alejadas de la realidad que las generadas por otro posible mensaje, diremos que el emisor ha logrado engañar al receptor.

Publicidad engañosa

Podríamos aplicar esta definición para identificar la publicidad engañosa, que debe cumplir al menos tres condiciones. En primer lugar, debe contener un mensaje con una interpretación compartida por todos. En segundo lugar, debe inducir al consumidor a creer algo que no es cierto. En tercer lugar, debe haber otro mensaje que dé lugar a creencias más cercanas a la realidad.

Ahora, queda claro que será difícil demandar a una compañía por decir que su producto mejora nuestra calidad de vida, aunque sea falso. De hecho, no existe un significado compartido de una «mejora de la calidad de vida». Tampoco, hay publicidad engañosa cuando una entidad financiera ofrece un producto indicando la mejor medida conocida del riesgo asociado al mismo, o cuando una compañía farmacéutica no muestra un efecto secundario de un medicamento porque no se conoce. En estos ejemplos, las empresas no disponen de mensajes que den lugar a creencias más cercanas a la realidad sobre el riesgo del producto financiero, o sobre los efectos secundarios del medicamento. Parece más fácil ganar un pleito a una empresa de transporte que garantiza puntualidad si llega al destino una hora más tarde de lo previsto.

Daño

Algunas veces, mentimos con buena intención, pero otras, provocamos un daño a alguien con la mentira. Esto nos lleva a la última definición de esta entrada. Diremos que un mensaje provoca un daño a un receptor, si hay otro mensaje que le habría proporcionado mayor bienestar. Por tanto, la medición del daño ocasionado por un engaño require el cálculo de la diferencia entre el bienestar obtenido con el mensaje recibido y el bienestar que se podría haber obtenido con el mejor mensaje alternativo. Esta definición puede ser útil para obtener las indemnizaciones a pagar por este tipo de daños.

Esta entrada está basada en el siguiente artículo: Sobel, J. (2020): «Lying and deception in games», Journal of Political Economy, 128(3), pp. 907-947.

Nota: El autor de la entrada pide disculpas por cualquier imprecisión o error cometido en su intento por utilizar un lenguaje más comprensible. Para una definición más precisa de los conceptos anteriores y una mayor y mejor variedad de ejemplos y aplicaciones, se recomienda encarecidamente la lectura del anterior artículo del profesor Sobel.

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